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Un regalo de San Valentín rara vez depende solo de la flor: depende de la armonía entre un tallo, un jarrón y una luz. Esta colección reúne rosas artificiales, jarrones de vidrio o cerámica, velas perfumadas y marcos de fotos.
La tradición asocia doce rosas a un compromiso duradero, una por cada mes del año que empieza. Seis rosas expresan admiración; tres bastan para una declaración sencilla. El número no es solo un símbolo: fija la anchura del ramo y, por tanto, el diámetro del cuello que necesitarás.
Un jarrón adecuado mide entre diez y veinte centímetros menos que los tallos que sostiene: más alto, se traga la flor; más bajo, la deja caer. Un cuello abierto deja que el ramo se abra en corola; un cuello estrecho lo mantiene recto. El vidrio transparente muestra el tallo; la cerámica lo oculta.
Una vela perfumada junto a la composición hace más por el ambiente que la lámpara de techo de la estancia. Dos o tres llamas a la altura de la mesa bastan. Mantenlas alejadas de los pétalos y no las dejes encendidas sin vigilancia.
Resta entre diez y veinte centímetros a la altura de los tallos. Después fíjate en el diámetro del cuello, que determina tanto la apertura del ramo como su sujeción.
Casi siempre basta con pasar un plumero de la base hacia la punta. Una mancha se retira a toquecitos con un paño apenas húmedo, sin mojar el corazón de la flor.
Sí, manteniendo la misma familia de color y aislando el agua en un recipiente aparte. El tallo artificial se queda seco y la flor fresca conserva su jarrón.
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